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Vientos, Lluvia... y una
Esperanza
Carta
de una madre a su hija
Introducción
Hay ocasiones en que una madre siente que lo ha dado
todo: su vida, sus esfuerzos, su salud, no pocas veces su
belleza física... e incluso, su felicidad. Éste
ha sido su sentido de la vida: dar; su sentido de servir,
a su familia y a Dios.
Ella siente que no pudo entregar más, que lo ha dado
todo.
Ahora, se ve enfrentada a una situación que ella
considera como extrema, que la hiere en lo más profundo
de sus sentimientos, de su mente y de su alma. Se cuestiona
hasta el límite, cuál pudo ser su error y
porqué le ocurrió "esto" a su querida
hija. Por momentos, se llega a sentir culpable, como deseando
liberarla del dolor para cargarlo ella sobre sus hombros.
En verdad, no es su propio sufrimiento el que la carcome
por dentro. Ése, ella sabe cómo enfrentarlo
y darle un sentido positivo y constructivo. Tiene fe y experiencia
suficiente para emprender esta nueva tarea. Lo que parece
destruirla es algo diferente, una sensación de angustia
e impotencia que inunda su interior. Siente que su hija
aún es muy joven y ahora deberá enfrentar
una vida para la cual no tiene preparación suficiente,
ni medios para salir adelante en esta situación que
ha creado por sí misma, quizás involuntariamente.
Su temor parece ahogarla, porque no sabe cómo decirle
que la vida continúa, que siempre es posible transformar
el sufrimiento y el dolor en felicidad, que es humano cometer
errores. Y que por ello, nuestro Padre común que
es Dios siempre está con nosotros, para que le demos
la oportunidad de ayudarnos a cambiar nuestros males, nuestros
sufrimientos y nuestras aflicciones, en el bien que Él
nos ofrece con amor incondicional.
A esas madres, a quienes las palabras les faltan y sus pensamientos
las confunden, y a sus hijas, que viven un momento de desesperanza,
espero que esta carta les sea de alguna ayuda. Y les permita
alcanzar nuevamente un poco de esa paz familiar que sienten
perdida, por causa de la noticia inesperada y anticipada
de un embarazo adolescente. Espero que esta carta de una
madre a su hija ayude a su familia a recuperar el sentido
de sus vidas y a reencontrar la verdad: que todos tenemos
un Padre común, quien también es único
y personal; un Padre bueno, porque sabe de amor y de cuidar,
y a quien podemos confiar nuestra seguridad; un Padre que,
si se lo permitimos, transformará la causa de nuestros
sufrimientos en mayor fortaleza, y en el motivo principal
de nuestra felicidad futura. Un Padre, que sin pedir nada
a cambio, aun cuando lo hubiéramos herido, nos da
el sentido de nuestra existencia, lo da todo.
Querida Hija
¿Cómo estás? ¿Cómo te
sientes? Si me respondes "bien", me preocuparé
mucho más. Si me respondes "mal", quiero
que sepas que te comprendo. En nuestras vidas, todos pasamos
por momentos de dificultad que parecen interminables; pero
que sólo lo parecen.
Hija mía, yo estoy contigo cuando tú estás
y cuando no estás. Tus alegrías y preocupaciones
son también las mías. No es cosa de quererlo,
desearlo, o de simplemente aceptarlo; este sentimiento nace
de una realidad que a ambas nos supera, a ti y a mí.
Existe un lazo que está por encima de cualquier
sentimiento y circunstancia, y que nos une sin permitir
que nuestras vidas sean plenamente independientes, pero
tampoco plenamente dependientes.
Es un lazo que nos ata en silencio, suavemente, como si
no deseara interponerse en nuestras decisiones, ni en nuestras
vidas personales. Pero que desea recordarnos que existe,
y que nos ofrece a ambas la posibilidad permanente de apoyarnos
en él, sobre todo cuando los esporádicos vientos
turbulentos se presentan en nuestro existir.
Vientos que nos impulsan a dejarnos llevar por nuevos caminos,
sin destino conocido. Que nos invitan a entregarnos pasivamente
a los impulsos de una ventisca aparentemente sin consecuencia,
pero que nos podría desviar e incluso detener, en
el continuo caminar hacia el destino de nuestros verdaderos
e íntimos deseos.
Es curioso, parece una contradicción: Un lazo que
ata, pero que no limita; al contrario, más bien parece
cuidar nuestra libertad, nuestras personas y nuestra relación.
¡Un lazo que libera!
Hoy, como madre, siento que soplan fuertes vientos, produciendo
esas ráfagas de angustia e incertidumbre que arrastran
a la desesperanza, con sus cambiantes direcciones, y que
son capaces de confundirnos hasta el extremo de hacernos
perder el sentido de la orientación, como tratando
de que tú y yo olvidemos quiénes somos, y
cómo somos realmente.
Hija mía, creo que es un buen momento para que conversemos.
Quiero hablarte de tantas cosas valiosas que tenemos en
común, sobre muchas de las cuales nunca hemos conversado
lo suficiente, porque pocas veces nos dimos el tiempo para
detenernos en nuestras vidas, para observarlas y comentarlas
como amigas.
Ahora que tenemos presente la sensación de haber
perdido algo que recordamos con nostalgia de pasado, pero
que a pesar de todo lo ocurrido ese lazo invisible nos mantiene
unidas en nuestros sentimientos con más fuerza que
antes, quizás sea ésta una maravillosa oportunidad.
Una nueva oportunidad de reforzar nuestro lazo, y de comprendernos
mejor.
Tu Hijo
Mi adorada hija, tu hijo no es un error.
Tu hijo es una consecuencia de tu error el que fue transformado,
gracias a tu Padre, en lo que hoy es: una alegre bendición.
Tu hijo fue concebido por pasión, por afecto o quizás
enamoramiento, o por confundir el verdadero amor con un
sentimiento pasajero, el desamor.
Cuando obedecemos a los deseos sin escuchar la voz de nuestro
interior, es como si depositáramos nuestro destino
en una hoja de otoño o en las manos de una atractiva
bailarina que sigue el ritmo de cambiantes vientos, sin
preocuparse por la proximidad del invierno con su llanto
de lluvias. Vientos que tampoco podemos controlar, ni ver,
y que no siempre sabemos hacia dónde conducirán
nuestras vidas.
Ése fue tu error: los motivos y sus momentos. Pero
tu hijo jamás será un error. Es una nueva
vida inocente, llena de esperanzas, todas ellas puestas
sólo en ti.
Un hijo siempre es una bendición porque siempre
se hace de a tres. Dos le regalan su cuerpo y el Tercero
le regala su alma.
Su cuerpo está creado a imagen y semejanza de sus
dos padres, y le permitirá vivir en este maravilloso
mundo para desarrollar su precioso cuerpo espiritual en
el que ha recibido su alma.
Su alma fue creada a imagen y semejanza del Padre. Ella
representa la razón última y principal de
su existencia; la fuente creativa del amor que será
capaz de entregar y de entregarte durante esa vida que recién
ha iniciado.
Tu hijo fue creado así: con amor, por amor y para
el amor.
Tu hijo fue creado para ser feliz, para vivir en el amor,
para hacernos felices y para hacerte feliz.
El hijo que llevas en tu vientre hoy conoce solamente a
su Padre y a su madre, tú. Ya conoce el amor más
puro: amor de madre, amor de Padre.
En este mundo, nadie mejor que una madre puede comprender
el inmenso valor de la maternidad, al sentir esa íntima
y preciosa relación invisible con el hijo de sus
entrañas y de su Padre.
El valor de la maternidad es y será tu principal
valor, porque ella siempre se manifiesta con dolor: dolor
del cuerpo, dolor de la mente y dolor del corazón.
Con ello demuestra su infinito valor al permitirnos, con
la sola fuerza de nuestra alma, vencer al dolor humano y
hacer esto por otra alma. Porque muy en tu interior sabes
que el alma es de tu Padre, que la vida es de tu Padre,
y que tu hijo es para tu Padre. Algo que nos cuesta comprender,
y aún más, aceptar, pero que es posible lograr
cuando finalmente comprendemos que nuestra vida es para
la felicidad; que la felicidad está en tu amor; y
que tu amor es un regalo infinito, sin tiempo ni tamaño,
originado en tu querido Padre, también Padre de tu
hijo, y por ello, en cierta forma, ahora también
tu esposo.
Tienes entonces al más maravilloso amigo personal
a quien conocerás durante toda tu existencia y quien
jamás te abandonará, porque libremente ha
aceptado tus sufrimientos como los suyos. Tienes a quien
te ama sin condiciones aún cuando tú le abandones.
Él deseó ser invisible a tus ojos para cuidar
tu íntima relación de amor personal ante cualquier
mirada ajena que la pudiera dañar o afectar, porque
su amor por ti no depende de ti, pero tu relación
de amor sí depende de ti, y desea cuidarla como el
más preciado tesoro entre ustedes dos. Por eso, sólo
lo puedes encontrar, sentir y escuchar en el activo silencio,
en la intimidad de tu corazón. Pero puedes ver su
presencia y sus acciones en muchas de las personas que te
rodean, y, nosotros, en las tuyas. Él es quien siempre
te escuchará y atenderá, y a quien puedes
amar plenamente a través de cada una de tus acciones
hacia el bien de las demás personas. Él, independientemente
de tus actos, es quien más te ha amado, y siempre
te amará.
Ahora que eres madre comprenderás que la maternidad
fue creada para demostrarnos que el amor siempre puede vencer
al dolor y a la adversidad, transformándolo todo
en felicidad.
Querida hija, la maternidad es un privilegio de mujer. Un
regalo de tu Padre a la mujer. Ella es y será tu
vida, te transformará y hará de ti toda una
mujer.
Libertad
Hija mía, ahora comprendes mejor que antes que no
es fácil el libre uso de la libertad y que jamás
lo será. En el libre uso de tu libertad expresas
tu voluntad, tus personales deseos; ella te permite conducir
tu vida modelándola como una esforzada artista, para
llegar a ser quien tú deseas ser. Pero no es fácil
aceptar el precio que todos debemos pagar, cuando por causa
de nuestra voluntad nos alejamos del camino que nos conduce
hacia nuestra felicidad.
Porque siempre es un alto precio.
Al parecer todos tardamos en darnos cuenta de que existe
un camino seguro hacia nuestra felicidad. Pareciera que
frecuentemente olvidamos que la voluntad de nuestro Padre
siempre fue y será nuestra felicidad y que para ello
nos dio la libertad.
Siempre
Pase lo que pase, ahora o en el futuro, debes saber que
nosotros tus padres siempre estaremos junto a ti. Puedes
contar con nosotros porque te adoramos y jamás desearemos
estar ausentes de tu vida. Somos parte tuya y tú
eres la más importante parte nuestra.
A veces, y especialmente en estos momentos, es bueno que
alguien te recuerde que mientras dispongamos de vida, nuevas
oportunidades existirán. En ciertos momentos, cuando
soplan esos vientos que complican nuestra existencia, es
posible que en medio del fragor de la lucha entre los sentimientos
y las pasiones nos olvidemos de lo que realmente tenemos.
Sin darnos cuenta, nos sumergimos en las profundidades de
la angustia, la frustración, la decepción
y la desesperanza. Tanto, que actuamos olvidando que la
realidad nos ofrece siempre nuevas y variadas oportunidades.
Oportunidades
El dolor y el sufrimiento nunca llega por voluntad de tu
Padre. Él tan sólo permite que existan para
que puedas crecer, y así, algún día
llegar a ser quien tú deseas ser; íntegra
y completamente tú: ¡una persona única!
De este modo, el dolor y el sufrimiento siempre son una
oportunidad para crecer como persona, para volver a encontrar
a tus padres, a tus familiares y amigos, para hallar el
camino del amor verdadero; una oportunidad de dar mucho,
de dar lo mejor de ti a los demás. Son, aunque parezca
increíble, ¡una oportunidad para llegar a ser
más feliz!
Esperanza
Tus padres jamás te abandonaremos. Tu Padre pone
su poder siempre a tu disposición para que cambies
tus males por bien. Aquí encuentras una razón
más para confiar en el amor de tus tres padres.
Si has recibido amor, tienes amor dentro de ti. Entonces,
¿por qué perderse en la desesperanza? Ya que
si tienes amor, entonces lo puedes dar; y si lo puedes entregar,
la felicidad está al alcance de tus manos, la tienes
a tu lado y también dentro de ti.
Sentido
Fuiste creada por nosotros, tus padres, para ser feliz.
Pero la felicidad real se obtiene luego de un largo aprendizaje,
durante el cual todos debemos superar muchos errores.
Para quien busca su felicidad, los errores jamás
serán un final. Ellos pueden ser una fuente de valiosas
experiencias. Y cuando decidas transformar tus errores en
experiencias, los estarás convirtiendo en tus mayores
fortalezas.
Aunque ahora no lo puedas creer, aunque no lo veas ni lo
comprendas, no hay alguien como tú, ni quien pueda
ocupar tu lugar dentro de nosotros, tus padres, que bien
conoces, ni de tu Padre quien te conoce aún mejor
que nosotros.
Mujeres fuertes son hoy más necesarias
de lo que muchos creen: mujeres que no acepten la indiferencia
frente a las necesidades ajenas; mujeres que deseen servir
a otros; mujeres que comprendan que si no sirven a otras
personas, tampoco servirán a su Padre, y en consecuencia,
ni siquiera serán capaces de servirse a sí
mismas.
Servir
Servir es ser de alguna ayuda para otra persona. Si quieres
lograrlo, lo primero es desearlo, y luego expresarlo en
una decidida intención, con acciones. Lo que acabo
de decirte es tan importante que, independientemente de
si obtienes o no el resultado esperado, la ayuda siempre
llega a su destino. Lo fundamental es cómo realizas
tus acciones o cuánto amor pones en ellas.
Porque lo más grande que podemos dar al prójimo
es nuestro amor. Su efecto invisible no está condicionado
por los resultados visibles que tanto perseguimos durante
nuestras vidas; objetivos que buscamos con demasiada frecuencia,
incluso desatendiendo lo que ya sabíamos o sentíamos:
que no duran, y que no pocas veces nos distraen de lo realmente
importante para nosotros mismos.
Servir es sentir agradecimiento por todo lo que tienes
y dispones hoy. Servir es tener la humildad de pedirle a
tu Padre que te ayude, para que actuando juntos, los dos,
como si fueran una sola persona, te permita transformar
tus males en Su bien; en felicidad para otros, y de este
modo, en la propia. O lo que es lo mismo: pidiéndole
que en ti se cumpla Su voluntad, cuando tú estés
dispuesta a entregar la tuya.
Tú tienes mucho. Mucho más de lo que puedes
siquiera llegar a imaginar. El que en ocasiones no lo veas
ni lo sientas, no significa que ésa sea tu realidad.
Porque tu existencia no se limita a lo que tus sentidos
te puedan entregar; ellos con frecuencia nos ayudan mucho,
pero a veces también cometen errores.
Para comprender la real dimen-sión de tus posesiones,
debes tratar de extender toda tu persona más lejos
de lo que tus ojos te dejan ver, escuchar más allá
de lo que tus oídos son capa-ces de percibir, y tratar
de sentir con los auténticos sentimientos de tu corazón,
los de tu alma, ya que los sentidos y sentimientos del cuerpo
son de gran ayuda, pero están siempre reducidos a
su limitada función.
Tus más valiosas posesiones son tus íntimas
pertenencias, ésas que se encuentran protegidas y
resguardadas por tu cuerpo, muy en tu interior, en ese lugar
tan personal que llamas tu espíritu. Esas posesiones
que puedes cultivar, te permiten proyectar tu existencia
hacia lo más valioso en esta tierra, hacia lo que
no tiene límites ni tamaño, hacia aquello
que a veces nos parece visiblemente pequeño, pero
que contiene un sensible valor eterno. Así, lo que
por momentos nos pudo cautivar y pareció encandilarnos
por su aparente valor en esta vida, descubrimos que es insignificante.
Porque ellas, tus verdaderas posesiones, te permiten reconocer
sin confusión lo único realmente valioso en
tu vida: el amor verdadero
.
El verdadero amor es tan grande que no tiene medida. Por
lo tanto, su valor siempre es infinito, incluso en esos
actos que tantas veces despreciamos, porque nos parecen
sin importancia y casi miserables; pero si te das cuenta
que en ellos existe amor, apreciarás el tamaño
infinito de lo pequeño, el valor eterno de cada instante
de tu vida, de cada momento en que pones tu amor.
Tú tienes mucho más de lo que te es posible
llegar a imaginar: tienes a tu Padre siempre a tu lado y
también dentro de ti, porque en la sana conciencia
de tu alma puedes encontrar Su verdad que no te pide ni
te exige nada para Él. Tu Padre no te culpa ni te
reprocha nada. Únicamente te pide que le permitas
amarte. Además, nos tienes a nosotros tus padres,
a tu familia y a tus amistades, quienes te queremos de verdad;
tienes una vida, y tanto por hacer; tienes a tu hijo, quien
te quiere sólo a ti, puesto que aquí no conoce
todavía a nadie más en quien confiar.
Gratitud
Gratitud es reconocer que difícilmente comprenderemos
en esta vida lo mucho que tenemos.
Gratitud es aceptar que difícilmente comprenderemos
en esta vida que todo lo bueno lo debemos.
Con frecuencia nos cuesta comprender a nuestros padres.
A todos nos ha pasado igual, por eso quiero ayudarte a comprender
mejor a tu Padre. Es necesario, porque tú también
estás atada a Él por un lazo de amor invisible
a través del cual puedes sentirlo como con sus manos
permanentemente extendidas, tratando de alcanzarte para
darte su amor y ayudarte a superar cualquier dificultad.
Permítele ayudarte; es Él quien te lo pide
y te lo ofrece. Él conoce muy bien el peso de tu
carga, y desea que le permitas cargar con tus sufrimientos,
aliviar tus sentimientos y liberarte del peso que obstaculiza
tu vida actual. Desea liberarte de la carga, de esos sentimientos
tuyos que son ajenos al sentimiento de amor, al único
que ayuda realmente, al que da la vida y te libera.
Su voluntad es que seas feliz. Él bien sabe que
es necesario el largo proceso de toda una vida en una tierra
donde ocurren accidentes. Él sabe que para ser feliz
debes aprender a amar de verdad. Y que nadie puede amar
lo que no conoce. Él sabe esperar, te da su tiempo,
tu tiempo.
Amar de verdad es llegar a ser divinamente generosa. Esto
es, darte por entero a los demás, partiendo por quienes
tienes más cerca. Y ya sabes a quien más cerca
tienes: a tu hijo. Darte por entero a los demás es
el mayor acto de amor que jamás podrás realizar.
Cuando podemos empezar a dar nuestro amor sin miedos invencibles,
sin restricciones egoístas ni condiciones, comenzamos
a ver lo que nuestros ojos no pueden ver, a escuchar lo
que nuestros oídos no pueden escuchar, a sentir lo
que nunca imaginamos, porque no lo conocíamos. Entonces
empezarás a ver en ti misma el reflejo de tu Padre
y a notar en ti Su semejanza; a reconocer en una forma feliz
y voluntaria tu condición de hija y, con ello, tu
condición de hermana de todos los hijos de tu Padre.
Te sentirás una mujer: activa integrante de una familia
tan grande como maravillosa; de una familia sin límites
ni tamaño; de una familia sin tiempo.
Que te des por entera a otro ser, ésa es la voluntad
de tu Padre. Ella es para ti un valor supremo y sin medida
porque te muestra el camino hacia tu verdadera casa, hacia
tu verdadera familia y hacia tu verdadera felicidad. ¡Créeme!
Soy tu madre.
Hija mía, todos necesitamos de ti como tú
nunca podrás imaginar.
Necesitamos de tu compañía y de tu presencia.
Necesitamos de tu amor; ése que expresas tan bien
en las grandes y pequeñas acciones de tantos momentos
maravillosos en familia.
Necesitamos de tu comprensión y paciencia, ya que
sólo tu Padre es perfecto y todos nosotros cometemos
errores.
Necesitamos de tu experiencia, que es un valioso instrumento
para evitar a otros algún sufrimiento, para aliviarlos
con tus cariñosas palabras, o para ayudarlos a comprender
mejor, a enfrentar y aceptar el dolor. Quizás, como
en tantas ocasiones pasadas, también puedas ayudarnos
a transformar el sufrimiento en felicidad.
Necesitamos de ti, tal como eres.
Querida hija, la vida es un camino por recorrer, para crecer
y llegar a ser. Es en la superación de las naturales
dificultades donde nos convertimos en la hija, la madre
y la mujer que deseamos ser. En la superación de
tus mayores dificultades debes ver tus grandes oportunidades.
Superando con tu esfuerzo y constancia las grandes y pequeñas
dificultades, comprensibles, pero siempre ajenas a la voluntad
de tus padres, te transformas en una mujer, en una persona
cada vez más completa, cada vez más hermosa
y más humana y, quizás, cada vez más
divina. O sea, en una hija cada vez más valiosa,
querida y apreciada por todos.
Hija mía, tú eres lo más valioso que
tenemos.
Tu hijo es lo más valioso que tienes.
Tus hijos serán lo más valioso que tendrás.
Tú eres hija de tu Padre. Eres lo más valioso
que Él tiene.
Si alguna vez sientes que los vientos inesperados de la
adversidad se están llevando tus fuerzas y empiezan
a invadirte los sentimientos de la incertidumbre, la soledad
y la derrota, invitándote a entregarte, en una actitud
pasiva y resignada... por favor, te ruego que me escuches
y ¡no continúes pensando en ti misma! ¡Tú
no estás sola!
Amor mío, ¡no renuncies a tu lucha! Dejaste
tu hogar para ir en búsqueda de lo que creías
necesitar, y ahora, quizás, necesitas volver sobre
tus pasos para poderlo encontrar. Y si aún no estás
convencida de mis palabras, porque no deseas tomar nuestras
manos extendidas hacia ti, quizás sea la hora de
negarte a ti misma, entregando lo que queda de tu vida a
quien hoy te necesita angustiosamente: tu querido hijo.
Él es ahora la fuente de tus nuevas fuerzas, de
tu nueva vida y de tu nueva felicidad. En él está
ahora la razón principal de tu existencia: Por ti,
por tu hijo, por nosotros, tus padres, y por quienes te
quieren de verdad, ¡lucha por ser feliz!
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Nuestro agradecimiento al autor de
este texto, Eduardo Armstrong por su valiosa
colaboración .
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